miércoles, 4 de noviembre de 2009




Me ha parecido muy buena la entrada del blog de Manuel Gil, y Javier Jiménez en su Paradigma del libro, bajo el rótulo "La encrucijada de la edición independiente". Magnífica, real y cercana.

Hace unos días, poniendo orden en mi oficina, me fui encontrando con papeles y recortes de prensa que voy guardando no sé muy bien con qué finalidad. Uno de ellos con fecha de 31 de marzo de 2004 llevaba como titular "Quince editoriales canarias se unen en defensa de los intereses del sector".
No se presentaba la asociación de la que formo parte en estos momentos, sino... la otra... ya en 2004, a los editores canarios nos había dado tiempo de "juntarnos", pelearnos y dividirnos.
Las demandas de Asodecan, que en el fondo no diferían en nada con las nuestras, siguen siendo del todo válidas a día de hoy: mayor inversión en el sector, mayor respeto por el trabajo editorial, acabar con la competencia desleal de nuestras instituciones públicas...
Resalto sin embargo del artículo una frase, que leyendo el posit de los paradigmáticos me lo ha recordado... "o el sector se une o desaparecemos".
Y digo yo, que o renovamos fuerzas, o tomamos las riendas de nuestra capacidad de gestión, de nuestro entramado empresarial... o nos iremos diluyendo pacíficamente, sin que nadie se entere, sin que a nadie le importe.

1 comentario:

José María Pérez Collados dijo...

Acabo de leer el post que mencionas del Blog de Manuel Gil.

Creo que sería bueno aportar a ese análisis la sensibilidad de los autores que podemos sentirnos cerca de las Editoriales independientes. Os insuflaría oxígeno.

Por si sirve mi experiencia, durante muchos años yo he venido publicando (como profesor universitario), en editoriales públicas. El escenario allí se describe por la ausencia de cualquier criterio de mercado cultural. Los comités editoriales publican sin otro elemento de juicio que el favor entre colegas y el cálculo político de favorecer ciertas iniciativas. Como autor, cada vez que he publicado un libro en una fundación pública o en una universidad, he sentido la inmensa frustración de una deplorable distribución (nula en lo que a librerías se refiere), ya que el libro que se publicaba cumplía su fin por el mero hecho de existir (la fundación pública podía decir que cumplía su papel, se regalaban unos cientos de ejemplares a bibliotecas, políticos y universidades y el resto, a los desvanes y sótanos).

El panorama en las grandes editoriales no hace falta describirlo.

Lo cierto es que sólo nos quedáis vosotros. Por muchos motivos (sobre los que se podría reflexionar más en serio y no vendría mal), la editorial independiente debe vivir ahora su momento. Le favorece la diversificación de la cultura, los nuevos medios de comunicación y marketing... . Pero lo que más sitúa a la editorial independiente en el futuro es que constituye el único camino para los autores en el sentido más profundo del término.

Las grandes editoriales no apuestan sino por autores que generen (por el motivo que sea) una alta demanda. De las editoriales públicas ya he dicho bastante. El caso es que, en este escenario, vosotros tenéis a los autores. Y si tenéis los autores tenéis lo único que de verdad es imprescindible. Sé que os angustian otros problemas, pero son los problemas accidentales propios de una empresa. Hace unos meses hablé por teléfono con Antonio Huerga sobre estas cosas y sentí que no le gustaba lo que le decía (le decía esto), porque era sábado a eso de las ocho de la tarde, y ahí estaba dale que te pego intentando sacar el barco adelante. Ya me imagino que debe de ser problemático. Pero recordad que tenéis a los autores, y su gratitud, y eso, para ese grupo de editoriales, es la sangre que garantiza el futuro.